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Apsa

Apsa

El sueño saludable es básico para lograr una adecuada salud física y emocional. En muchas ocasiones las tensiones acumuladas durante el día o unos incorrectos hábitos pueden alterar y facilitar el desarrollo de algún trastorno. Estas alteraciones no sólo afectan al propio descanso del organismo sino que pueden derivar en trastornos que deterioren nuestro funcionamiento durante el día, tales como falta de concentración y mala memoria, baja productividad, somnolencia excesiva, irritabilidad y en general una peor calidad de vida.

Las causas de los trastornos del sueño pueden ser muchas, tales como estrés, estados de ánimo deprimido, patologías específicas del sueño, alteraciones en el horario, consumo excesivo de bebidas estimulantes o enfermedades médicas. En muchas ocasiones, las causas desaparecen y el trastorno persiste porque los factores que lo mantienen son otros, por eso es aconsejable acudir a un especialista antes de que el trastorno se cronifique.

Al iniciar un tratamiento es preciso realizar una historia clínica pormenorizada que nos permita detectar tanto los elementos causantes como los que lo mantienen, identificando tanto los hábitos asociados al sueño como los posibles problemas laborales, familiares o de otro tipo que puedan coexistir, analizando la evolución que ha experimentado desde su inicio. También será un primer objetivo dentro de la intervención terapéutica que el paciente conozca y entienda cómo se ha desarrollado su trastorno porque de ello dependerá en cierta medida la eficacia del tratamiento.

Una vez que se han dado estos primeros pasos se elabora un plan de tratamiento acorde con la problemática y con los objetivos que se deseen alcanzar, ofreciendo las primeras pautas para el inicio del cambio.

Todo ser humano nace con un potencial sexual que va desarrollando a medida que madura biológicamente, guiado por los parámetros culturales y sociales con los que convive. Por ello la forma en la que podemos vivir y expresar nuestra sexualidad es muy diversa. Lo que es aceptado por una cultura puede ser rechazado por otra, por lo que no podemos identificar una conducta sexual universalmente normal para todas las culturas.

Actualmente se acepta que cada persona tiene sus propios gustos, deseos, fantasías y preferencias sexuales, de manera que se considerarán normales siempre que no vulneren el deseo, la libertad o la integridad de la persona con la que se comparte, ni sea vivida con tensión y angustia. El hecho de colocar etiquetas que puedan estigmatizar un determinado comportamiento, puede afectar muy negativamente al normal desarrollo de la sexualidad. Cada persona necesita ir conociéndose y experimentando formas diferentes de obtener placer, explorando todo su cuerpo e identificando sus zonas erógenas.

No existe una única manera de relacionarse y disfrutar de nuestra sexualidad, por lo que para alcanzar un desarrollo satisfactorio de la misma es necesario tanto el conocimiento de nuestro propio cuerpo como una buena comunicación con nuestra pareja, que nos ayude a conocer cuáles son sus propios deseos y gustos.

Desde un enfoque diagnóstico podemos diferenciar dos formas de trastorno de la conducta sexual. Por un lado las disfunciones sexuales y por otro las desviaciones o parafilias.  Las disfunciones sexuales son problemas psicológicos y/o fisiológicos que impiden o dificultan cualquier fase de la actividad sexual humana.  Pueden afectar al deseo, cuando la persona no siente ganas, odia o incluso teme la relación sexual.  Pueden afectar a la excitación, cuando a pesar de desearlo conscientemente no se consigue la erección en el caso del hombre o la dilatación y lubricación en la mujer.  Pueden afectar al orgasmo, bien porque no se consigue o porque se llega demasiado pronto.

También hay que considerar los trastornos por dolor, como el vaginismo y la dispareunia (dolor durante el coito).  En cualquier caso se deben descartar enfermedades médicas que pudieran justificar la conducta, intoxicación por consumo de sustancias y trastornos graves como la esquizofrenia o un episodio maníaco.

En cuanto al tratamiento, éste ha de realizarse siempre teniendo en cuenta las causas del trastorno. El más frecuentemente aplicado y con mayor eficacia demostrada es el tratamiento cognitivo conductual, por el que básicamente se orienta al paciente a la modificación de ciertas prácticas o de ciertos pensamientos y creencias que pudieran estar  en la base o en el mantenimiento del trastorno.

Los llamados trastornos de la conducta alimentaria son aquellos caracterizados fundamentalmente por graves alteraciones en la misma, ya sea por la restricción alimentaria motivada por el deseo irrefrenable de adelgazar, lo que conocemos como anorexia nerviosa, o por atracones frecuentes con la sensación de la pérdida de control sobre la ingesta, a lo que denominamos bulimia. Tanto en un caso como en otro el cuadro puede llegar a ser muy severo, con complicaciones fisiológicas graves derivadas del déficit alimenticio.

El rechazo a mantener un peso mínimo adecuado y el intenso miedo a ganarlo, la alteración en la percepción de la propia forma y del tamaño corporal y, en las chicas, la aparición de amenorrea, definen esencialmente el cuadro de anorexia. Este siempre aparece ligado a un significativo deterioro emocional. Los síntomas depresivos, la inestabilidad y la irritabilidad, la baja autoestima, la tendencia cada vez más marcada al abandono de actividades lúdicas y al aislamiento, el rechazo hacia uno mismo y la percepción de ineficacia personal  llevan al sujeto a un marcado sufrimiento y deterioro personal, por lo que es necesaria una adecuada atención especializada.

Cuando nos enfrentamos a condiciones nuevas, difíciles o arriesgadas nuestro organismo reacciona para prepararse y actuar de manera que, para ofrecer una respuesta adecuada aumentan la frecuencia cardíaca, la tensión muscular, el riego sanguíneo al cerebro, la secreción de adrenalina, y disminuye el riego sanguíneo a la piel y al sistema digestivo. Esta forma de reaccionar nos permite adaptarnos a los cambios y responder ante situaciones que puedan resultarnos amenazantes por lo que se trata de una eficaz estrategia de adaptación del organismo. En la medida en que la respuesta empieza a ser inadecuada ya sea por excesiva, por generalizada o por continua es cuando podemos describir lo que consideramos un trastorno por estrés.

Las personas que experimentan estrés mantienen un estado de alerta e hiperactivación casi permanente, lo que conduce a diversas quejas somáticas tales como taquicardia, cefaleas, insomnio, trastornos digestivos, mareos, falta de concentración y olvidos frecuentes que pueden estar asociadas al desarrollo o agravamiento de muy diversas enfermedades. Para abordar toda esta sintomatología es preciso conocer cómo afecta de forma específica al sujeto así como identificar cuáles son los estresores que han originado o que mantienen el cuadro.

Con frecuencia será necesario introducir algunos cambios en los hábitos y costumbres que ayudarán a mejorar de forma significativa el estado general de salud del individuo, así como proponer técnicas de relajación y habilidades de afrontamiento de los estresores.  El objetivo será no sólo resolver la situación de estrés actual sino fortalecer al sujeto frente a posibles situaciones futuras de estrés.

Este trastorno se caracteriza por la presencia de pensamientos o imágenes persistentes que generalmente son experimentados como desagradables e irracionales, por lo que la persona tratará de evitarlos, generándose un profundo malestar y elevada ansiedad.

Una de las respuestas que suele desarrollar el sujeto ante estas ideas intrusivas son las compulsiones, comportamientos que habitualmente no guardan relación directa con el contenido del pensamiento, pero que suelen generar en el individuo la percepción de reducción del malestar, si bien el propio comportamiento suele verse como inútil y molesto. Obsesiones y compulsiones pueden aparecer juntas, aunque tanto el contenido como la relevancia de unas y otras son muy diversos.

Se trata de un trastorno que puede llegar a producir un grave deterioro en el desarrollo de la persona ya que puede interferir significativamente en su funcionamiento cotidiano, dedicando excesivo tiempo al desarrollo de las compulsiones y experimentando elevados niveles de ansiedad, lo que puede llegar a ser incapacitante.  Al reconocer la extrañeza e irracionalidad de obsesiones y compulsiones, las personas viven el trastorno con mayor sufrimiento al creer que los demás puedan verlos como extravagantes o ridículos, al borde de la locura, sintiéndose culpables al fracasar en su deseo de controlarlos y evitarlos.

Para poder abordar terapéuticamente este complejo proceso es preciso conocer a fondo sus características y cómo se desarrolla, identificando el contenido de las obsesiones y cómo se manifiestan las compulsiones, teniendo siempre en cuenta que es muy frecuente la comorbilidad con otros trastornos como la depresión, que también han de ser atendidos para una correcta intervención y una consistente mejoría. También es importante que el sujeto entienda el proceso del trastorno en el que está inmerso para que se sienta capaz de afrontarlo y disminuya la angustia con la que pueda estar viviéndolo.

La experiencia de la ansiedad como respuesta ante determinadas situaciones novedosas o amenazantes es frecuente y podemos entenderla como normal y adaptativa. Pero cuando la ansiedad se eleva a niveles demasiado altos, ésta produce malestar y puede ocasionar un importante deterioro en el funcionamiento normal de cualquier sujeto, conduciendo en ocasiones a complicaciones tales como el abuso de fármacos, problemas académicos y laborales y dificultades en las relaciones con los demás.

Cuando aparece en forma de crisis, éstas pueden provocar un intenso malestar, con múltiples manifestaciones fisiológicas como palpitaciones, temblores, mareos o náuseas, así como un intenso temor a perder el control, a volverse loco o a morir, que llevan a un urgente deseo de escapar del lugar en el que el sujeto se encuentre. Estos trastornos pueden adoptar diversas formas según la sintomatología y el curso. En ocasiones la ansiedad puede ser inespecífica y manifestarse en forma de preocupación crónica ante múltiples situaciones vitales, generando estados de tensión prolongados  que pueden conducir a adoptar estrategias ineficaces de control y evitación.

En otros casos, la ansiedad adopta la forma de miedo específico antes situaciones o elementos definidos, lo que es conocido como fobia o temor  intenso e irracional ante un objeto o situación concreta. Dada la complejidad y amplitud de estos trastornos, es un objetivo prioritario desde el abordaje terapéutico identificar de forma precisa cada uno de los elementos presentes en el origen y la evolución del mismo mediante un diagnóstico preciso que nos oriente hacia la forma de tratamiento más eficaz y específica al trastorno, siendo habituales tanto la intervención educativa que permita un mejor conocimiento de la ansiedad y sus manifestaciones como la práctica de técnicas de relajación como estrategia adecuada para el manejo de su sintomatología.

El estado de ánimo deprimido es una de las causas de demanda de intervención psicológica más frecuente. La persona deprimida experimenta habitualmente una profunda tristeza, pierde capacidad para disfrutar de todo aquello con lo que solía hacerlo, se siente sola y desesperada, enlentecida, apática y desmotivada.

Puede manifestar irritabilidad y cambios de humor aparentemente injustificados, dificultad para mantener la concentración o para recordar cosas, tendiendo a aislarse de cuanto le rodea y a percibir el mundo como amenazante o sin sentido. No todas las depresiones son iguales ni en su origen ni en su evolución, por lo que su tratamiento exige de un conocimiento profundo de la persona deprimida, de su historia personal y de su manera de entender el mundo.

En ocasiones y especialmente cuando la depresión es incapacitante y severa, será necesario recurrir a la farmacoterapia como elemento de apoyo a través de especialista cualificado, sin renunciar a la psicoterapia que ha demostrado ser la estrategia de intervención más eficaz tanto para su tratamiento como para la prevención de las recaídas.

En ocasiones, los problemas psicológicos no pueden abordarse exclusivamente y de forma eficaz de manera individual. A veces los síntomas físicos y/o emocionales que experimenta un sujeto son reflejo de un conflicto familiar.

Las familias evolucionan y atraviesan etapas de cambio y de crisis derivadas del propio ciclo vital en el que se encuentran, situaciones como el nacimiento de los hijos, la adolescencia y el abandono de hogar de estos, crisis en la pareja, etc. También pueden verse afectadas por acontecimientos tales como el desempleo, las enfermedades, los accidentes, etc., o por conflictos derivados de problemas como adicciones, trastornos alimentarios o de conducta en alguno de sus miembros.

Desde la terapia de familia se tratan de identificar tanto las causas como los elementos que mantienen el conflicto, trabajando a través de las relaciones familiares para reforzar los recursos con los que la propia familia cuenta para afrontarlo y mejorar las habilidades de comunicación y de expresión de emociones de sus miembros. De este modo, la terapia de familia tiene como objetivo identificar los patrones inadecuados en la estructura familiar así como los sistemas relacionales disfuncionales, ofreciendo un espacio de trabajo para la resolución del conflicto y la mejora de las relaciones.

En las relaciones de pareja son frecuentes los procesos de cambios y crisis así como el progresivo deterioro tras años de convivencia. En muchas ocasiones estas situaciones generan una elevada conflictividad que puede afectar no sólo a la propia relación sino a cada uno de los integrantes de la pareja de manera individual, por lo que estas dificultades llegan a extenderse a todos los espacios vitales de la persona, en lo familiar, lo social y lo laboral.

Las causas que pueden conducir a una pareja a un proceso de crisis pueden ser muy diversas y complejas. En ocasiones existe un claro detonante, como la infidelidad o los celos, pero en otras el deterioro es más progresivo e inespecífico. Desde la terapia de pareja se ofrece el marco idóneo para identificar todos los elementos integrantes del conflicto para poder esclarecerlos y trabajar eficazmente sobre ellos. Con este objetivo, se propone un primer acercamiento al problema a través de una entrevista inicial, tras la que se establecen sesiones individuales para conocer en profundidad las perspectivas de cada miembro de la pareja y así poder ofrecer una visión lo más completa y precisa del proceso que ha llevado a la relación a la situación actual, de cuáles han sido los principales factores causantes y, sobre todo, cuáles son las alternativas que pueden ofrecerse para el cambio y la resolución del conflicto.

Es frecuente que en el proceso terapéutico se aborden trastornos sexuales ya que estos suelen aparecer como causas o consecuencias dentro del propio conflicto. La mayoría de estos problemas tienen un claro componente emocional y psicológico por lo que, una vez diagnosticados adecuadamente, pueden ser tratados con eficacia. Cuando la pareja ha llegado a la decisión de la separación, las intervenciones pueden estar indicadas para facilitar la negociación y evitar los enfrentamientos, ofreciendo orientaciones acerca de cómo afrontar esta nueva situación, especialmente cuando la pareja tiene hijos a su cargo.

Las intervenciones individualizadas están orientadas a la resolución de conflictos que el individuo entiende como específicos a su funcionamiento personal, si bien siempre pueden estar comprometidas otras esferas como la familiar, la laboral o la social.

El proceso de intervención requiere de una entrevista inicial que permita la aproximación al problema por el que se demanda ayuda y donde puedan resolverse las primeras dudas sobre la forma de trabajar. Las actuaciones iniciales estarán orientadas a la identificación y evaluación del problema por el que se nos consulta. Tenemos en cuenta la multicausalidad de muchas alteraciones que pueden responder a cambios orgánicos funcionales, a condiciones ambientales o a otros muchos factores, por lo que en ocasiones valoramos la conveniencia de apoyar nuestras intervenciones en las de otros profesionales. Una vez delimitado el problema se fijarán objetivos con el paciente acordes con sus propias necesidades y características específicas, marcando un plan de trabajo por el que se delimiten las intervenciones que vayan a realizarse.

El trabajo que se realiza en consulta se complementa para su mayor eficacia con propuestas terapéuticas para desarrollar en casa con el objetivo de evaluar la efectividad del tratamiento y de fortalecer los recursos personales desarrollados.


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APSA Asistencia psicológica para Adultos ofrece atención especializada tanto en Sevilla como en Dos Hermanas, mediante terapia individual, de pareja, familia y grupos, garantizando en todo momento la confidencialidad de los datos confiados, cumpliendo la legislación vigente en materia de protección de datos. Vea nuestra política de privacidad. Dolores Navarro Porrero, Psicóloga y sexóloga.

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