Trastornos sexuales

Todo ser humano nace con un potencial sexual que va desarrollando a medida que madura biológicamente, guiado por los parámetros culturales y sociales con los que convive. Por ello la forma en la que podemos vivir y expresar nuestra sexualidad es muy diversa. Lo que es aceptado por una cultura puede ser rechazado por otra, por lo que no podemos identificar una conducta sexual universalmente normal para todas las culturas.

Actualmente se acepta que cada persona tiene sus propios gustos, deseos, fantasías y preferencias sexuales, de manera que se considerarán normales siempre que no vulneren el deseo, la libertad o la integridad de la persona con la que se comparte, ni sea vivida con tensión y angustia. El hecho de colocar etiquetas que puedan estigmatizar un determinado comportamiento, puede afectar muy negativamente al normal desarrollo de la sexualidad. Cada persona necesita ir conociéndose y experimentando formas diferentes de obtener placer, explorando todo su cuerpo e identificando sus zonas erógenas.

No existe una única manera de relacionarse y disfrutar de nuestra sexualidad, por lo que para alcanzar un desarrollo satisfactorio de la misma es necesario tanto el conocimiento de nuestro propio cuerpo como una buena comunicación con nuestra pareja, que nos ayude a conocer cuáles son sus propios deseos y gustos.

Desde un enfoque diagnóstico podemos diferenciar dos formas de trastorno de la conducta sexual. Por un lado las disfunciones sexuales y por otro las desviaciones o parafilias.  Las disfunciones sexuales son problemas psicológicos y/o fisiológicos que impiden o dificultan cualquier fase de la actividad sexual humana.  Pueden afectar al deseo, cuando la persona no siente ganas, odia o incluso teme la relación sexual.  Pueden afectar a la excitación, cuando a pesar de desearlo conscientemente no se consigue la erección en el caso del hombre o la dilatación y lubricación en la mujer.  Pueden afectar al orgasmo, bien porque no se consigue o porque se llega demasiado pronto.

También hay que considerar los trastornos por dolor, como el vaginismo y la dispareunia (dolor durante el coito).  En cualquier caso se deben descartar enfermedades médicas que pudieran justificar la conducta, intoxicación por consumo de sustancias y trastornos graves como la esquizofrenia o un episodio maníaco.

En cuanto al tratamiento, éste ha de realizarse siempre teniendo en cuenta las causas del trastorno. El más frecuentemente aplicado y con mayor eficacia demostrada es el tratamiento cognitivo conductual, por el que básicamente se orienta al paciente a la modificación de ciertas prácticas o de ciertos pensamientos y creencias que pudieran estar  en la base o en el mantenimiento del trastorno.

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