LA IMPORTANCIA DE CÓMO NOS LLAMAMOS

Cuando nacemos recibimos como primera herencia de nuestros padres un nombre por el que reconocernos, a veces uno ya familiar y a veces el resultado de una larga búsqueda. Desde nuestros primeros instantes de vida oímos nuestro nombre, de manera que su sonido se va convirtiendo en algo íntimo, algo que nos pertenece y con lo que nos identificamos. Aunque en algunos casos podamos decir que no nos guste, probablemente no seamos capaces de desprendernos de él, respondiendo de forma inmediata y casa automática cuando se nos nombra. Sin embargo algo sucede cuando entramos en el sistema sanitario.

Cuando se nos forma como profesionales de la salud, y en concreto desde el ámbito de la psicología, se nos enseña a diferenciar síntomas y cuadros, a distinguir entre múltiples trastornos. Así aprendemos a evaluar y a diagnosticar, a identificar una depresión, un cuadro obsesivo o un trastorno de personalidad, tratando de adquirir con ello la capacidad para clasificar y diferenciar pacientes.

Nos convencemos de que hacerlo así es necesario para permitir un mejor conocimiento del problema por el que se nos consulta, para facilitar la comunicación entre los profesionales o incluso para poder orientar una intervención. Caemos en la trampa de forzarnos por encontrar la mejor manera de etiquetar un sufrimiento, creyendo que si lo hacemos bien seremos mejores clínicos, y buscando a veces en las etiquetas puestas por otros las explicaciones del malestar que la persona experimenta.

Todos caemos en esta trampa y frecuentemente se nos pregunta “qué es lo que me pasa”, buscando en esa respuesta no sólo la etiqueta que mejor pueda ajustarse sino también la aproximación a la posible solución.

Así dejamos de ser María o Juan, y nos transformamos en depresiva o esquizofrénico, como si estas nuevas maneras de llamarnos dijeran más de nosotros que nuestros propios nombres, esos que nos han acompañado toda la vida y que tienen su propia historia. Así que, cuando María se mira al espejo convencida de su propia etiqueta, ya deja de verse a sí misma y observa en cada uno de sus rasgos una prueba más de que la etiqueta se le ajusta, como si de una segunda piel se tratara, de manera que tal vez María decida que no puede esperar de sí misma nada diferente a lo que pudiera esperarse de cualquier otra depresiva como ella, tal vez crea que ya no puede sonreír con facilidad, que su tristeza está justificada y que debe resignarse a sentirse incapaz de disfrutar.

Os contaré una historia:

David es un chico joven, con dificultades para relacionarse y para sacar adelante el curso. Ya ha sido etiquetado: fracasado escolar, inadaptado y adicto al cannabis. Con esta carta de presentación, los profesores ya han dejado de mostrar el menor interés por enseñarle, convencidos de que abandonará antes de acabar el curso; en el barrio muchos lo señalan al creerlo responsable de algún que otro incidente; los amigos de la primera infancia están distanciándose porque sus padres les prohíben que se vean con él, creen que su influencia puede afectarles negativamente; sus padres se sienten incapaces de corregir su mal comportamiento, sintiéndose tocados por la desgracia de tener que lidiar con un adolescente que les hace sentir a veces culpables, a veces avergonzados. Desde que todos conocen su etiqueta, nadie quiere saber nada más de David, la etiqueta ya habla por él. En cambio, a David le gustaría poder decir que no quiere seguir viéndose apartado y sin ilusiones por las cosas, que tiene miedo a quedarse solo y que no sabe cómo recuperar la confianza y el cariño de sus padres; pero David ya está sometido a su etiqueta y el único lenguaje con el que se comunica es el de la indiferencia o la agresividad. Cuando quiere pedir que se le oiga, lo hace a gritos; cuando quiere conseguir algo, lo hace amenazando; cuando algo no le gusta, lo abandona. De este modo David responde a todo cuanto se espera de él, sigue fiel a su etiqueta, y acaba perdiéndose a sí mismo, dejando poco a poco atrás cuanto de él se escapa de la etiqueta, olvidándose de que le gusta jugar al fútbol con sus amigos; tocar la guitarra, que siempre se le dio bastante bien; aprender historia, porque le gusta conocer cosas del pasado; y quedarse junto a su madre cuando cocina para echarle una mano mientras se cuentan cosas divertidas.

Como profesionales de la salud deberíamos tomar conciencia de la responsabilidad que asumimos al identificar bajo cualquier etiqueta a quienes buscan algunas respuestas a su malestar, como si con ello quisiéramos comprender mejor su sufrimiento al sentirnos autorizados para darle un nombre, sin darnos cuenta que tal vez al hacerlo quedemos ciegos para todo lo que no queda definido por esa etiqueta.

Tal vez cuando a María se le dice varias veces que todo lo que le pasa se llama depresión, se le enseña una manera de entenderse que puede convencerla de que para ella la vida es más triste, de que necesita algún que otro fármaco para dormir o para soportar su propia angustia, de que cada día debe hacer más esfuerzos para vivir que otros. Sin embargo tal vez María necesite recuperar su propio nombre, su historia, para conocerse y reconocerse y aprender a valorarse por quien es.

Dejemos a un lado las etiquetas, procedan de donde procedan, y recuperemos nuestros nombres, reconozcamos en ellos a quienes verdaderamente somos, y aprendamos a hablar de nosotros mismos.

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Modificado por última vez en Domingo, 04 Octubre 2015
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