INTELIGENCIA EMOCIONAL

¿Te has parado a pensar alguna vez hasta qué punto es tu estado emocional el que conduce tus acciones por encima de tu capacidad de juicio y de tu racionalidad?

¡ Cuántas veces hemos querido hacer algo y por sentirnos inseguros no lo hemos hecho, exponiéndonos después a esa frustración que nuevamente nos convence de nuestra incapacidad para lograr lo que nos proponemos! ¡Cuántas veces nos hemos arrepentido de reaccionar de forma impulsiva o violenta ante situaciones que nos tensan!

Todos estamos familiarizados con el concepto de inteligencia, incluso podemos aceptar que de alguna manera ésta pueda medirse y nos permita conocer una dimensión de nosotros mismos por la que compararnos con los demás. En alguna ocasión hemos conocido el cociente intelectual de alguien y hemos valorado su capacidad para aprender y resolver problemas, relacionando esta medida con una posible previsión de éxito académico o profesional.

Pero podríamos preguntarnos, ¿es más feliz o puede llegar a serlo aquél que es más inteligente?, ¿ser poseedor de un cociente intelectual elevado nos garantiza ser mejores personas, saber convivir y relacionarnos de forma más satisfactoria?

Todos conocemos a personas que han logrado notables méritos académicos y que, sin embargo, no se sienten seguras en sus relaciones afectivas o no tienen recursos para afrontar los fracasos y los miedos. Seguro que también somos capaces de reconocer a otros que saben conectar con los demás, que transmiten confianza sin huir de los problemas, que se muestran seguros de sí mismos sin olvidarse de sus propias limitaciones, aun cuando no han destacado por resolver complejos problemas de matemáticas o por tener un vocabulario especialmente rico y complejo.

Son estas observaciones las que han llevado a conceptualizar lo que entendemos como inteligencia emocional, que no es otra cosa que la capacidad del ser humano de sentir, entender, controlar y modificar los estados emocionales propios y ajenos.

La inteligencia emocional engloba habilidades tales como el control de los impulsos, la autoconciencia, la automotivación, la confianza, el entusiasmo, la empatía, la autodisciplina, el altruismo y todo aquello que permita una mejor regulación de nuestras emociones.

Las emociones son las que nos mueven, las que nos llevan a entrar en acción. Así, desde el momento en el que nacemos, nos expresamos emocionalmente, llorando ante aquello que nos molesta o sonriendo ante lo que nos agrada. Los niños carecen de inhibiciones emocionales por lo que se relacionan con el mundo básicamente a través del lenguaje emocional. Es a través de nuestra educación y de nuestra socialización como vamos poco a poco aprendiendo a canalizar y manejar las emociones, a reconocer cuáles son adecuadas y cuáles no.

La capacidad de motivarse a uno mismo se pone especialmente a prueba cuando surgen las dificultades, el cansancio o el fracaso. Es ese el momento en el que necesitamos mantener el pensamiento de que las cosas irán bien, de que seremos capaces de seguir adelante, aunque para ello tengamos que abandonar y buscar otro camino aceptando el fracaso.

Si logramos aprender a reconocer nuestros propios estados emocionales y los de los demás, si conseguimos controlar nuestros impulsos para adecuar nuestras emociones a nuestros objetivos, si adquirimos la capacidad para entusiasmarnos con los que tenernos que hacer, apartando todas aquellas emociones que nos desvían de nuestra tarea, si aprendemos el lenguaje verbal y corporal de nuestra emociones para comunicar lo que realmente sentimos y entender la experiencia emocional del otro, en definitiva, si desarrollamos y potenciamos nuestra inteligencia emocional, estaremos más cercanos del logro de nuestra propia felicidad.

Todos podemos aprender y hacer crecer nuestra inteligencia emocional, todos podemos adquirir la habilidad de motivarnos, de controlar nuestros pensamientos negativos, todos podemos aprender a ser más optimistas, a creer en nosotros mismos, sabiendo atribuirnos nuestros éxitos y nuestros fracasos.

En definitiva, para ser un poco más felices, quizás necesitemos ser un poco más “inteligentes” con nuestras emociones; sólo necesitamos aprender de nosotros mismos y de los demás.

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Modificado por última vez en Domingo, 04 Octubre 2015
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